lunes, 28 de septiembre de 2026

Negociando lo sagrado en el Milagro del Piquete de Anta

 

Negociando lo sagrado en  Territorialidades Disputas: Teologías de la Mortificación, Mirada Queer y Contramemorias Hídrico-Míticas en la Geografía Rural de Anta

Análisis de las transformaciones territoriales, las subjetividades en conflicto y las praxis de fe en el departamento de Anta, Salta

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Resumen

Este ensayo analiza la festividad patronal en honor al Señor y la Virgen del Milagro en Piquete de Anta (departamento de Anta, Salta), registrada el 15 de septiembre de 2026, como un campo de disputa simbólica y material sobre las formas de habitar el territorio rural. Se articulan cuatro dimensiones: (a) la genealogía histórica del despojo, del latifundio a la acumulación verde; (b) el disciplinamiento moral y policial del cuerpo rural, evidente en la homilía de la "muerte de los sentidos" y en el orden procesional; (c) la matriz heteronormativa de la masculinidad gaucha y su desterritorialización por la mirada queer de jóvenes varones; y (d) las economías populares feriales, las éticas del cuidado y las narrativas de contramemoria (poesía, ficción y mito) que sostienen una relación alternativa con la tierra y el agua. Se conservan los datos del registro etnográfico y se los interpreta a la luz de la sociología de la religión, la antropología del ritual, la crítica al poder punitivo, la teoría queer latinoamericana y la ecología política. Se sostiene que el ritual no es un bloque monolítico: el orden hegemónico que ordena la fiesta convive con fisuras protagonizadas por sujetos populares y disidentes que negocian lo sagrado desde la autonomía corporal, afectiva y territorial.

 

Palabras clave: Anta, religiosidad popular, masculinidad gaucha, teoría queer, violencia institucional, acumulación verde, contramemoria


 Sintesis visual del ensayo

Contenidos:

1. Introducción

2. Encuadre teórico-conceptual

3. Nota metodológica y registro etnográfico

4. Genealogía territorial: de la frontera al latifundio y a la acumulación verde

5. El ritual como campo de disputa: la festividad de Piquete de Anta

6. Pedagogía de la mortificación y orden procesional: el disciplinamiento del cuerpo rural

6.1. La homilía de la "muerte de los sentidos"

6.2. El orden procesional y la locución oficial

6.3. El poder de policía como garantía última

7. Masculinidad gaucha y complementariedad patriarcal

8. La mirada queer y la desterritorialización del desfile

8.1. El derecho a la mirada homoerótica

8.2. Sujetos translocales y ética del cuidado entre pares

9. Comensalidad, economía ferial y ecología del cuidado habitado

9.1. La feria como territorio habitado

9.2. Una ecología popular encarnada

10. Contramemoria hídrica, ficción y mitología

10.1. Del río vivo a los madrejones

10.2. El habitar puestero en la ficción de Dávalos

10.3. El mito como teoría popular de la justicia

10.4. Cosmologías biocéntricas y resignificación de la devoción

11. Discusión

12. Conclusiones

Referencias


 

1. Introducción

El departamento de Anta, en el este de la provincia de Salta, constituye un territorio atravesado por capas históricas de despojo y violencia estructural. Concebido como la antigua frontera del Este (Espinosa, 2006), transitó desde la encomienda y la estancia colonial hacia la consolidación del latifundio agroindustrial e hidrocarburífero (Diez Gómez, 2003; Patrón Costas, 1985/2007). En el presente, en él convergen el avance de la frontera sojera y ganadera, el desmantelamiento de coberturas estatales, la sofisticación de mecanismos punitivos de violencia institucional (Pequeño Ragone, 2026b) y la irrupción de economías de "gubernamentalidad verde", como la captura de tierras para el turismo ecológico y el mercado internacional de bonos de carbono (Brockington, 2009; Duffy, 2010).

En ese escenario de desposesión, los rituales de fe, las representaciones de la tradición y la producción discursiva sobre la identidad rural no operan como superestructuras folclóricas aisladas. Son campos donde se negocian, legitiman o tensionan las formas de habitar y resistir (Mallimaci, 2015; Turner, 1974). La producción de subjetividades rurales es una condición de posibilidad para la reproducción del orden territorial. La figura del gaucho y del puestero fue modelada discursivamente como una masculinidad viril, servil y heroica al servicio del patrón de estancia y de la defensa de la frontera (Dávalos, 1928a; Solorza, 2019). Ese ideal encuentra su caja de resonancia en el desfile de fortines gauchos que acompaña las celebraciones religiosas tradicionales, donde la fe pública se imbrica con la jerarquía política, eclesiástica y policial (Pequeño Ragone, 2026a).

La tesis de este ensayo es que la masculinidad gaucha de Anta, construida históricamente como pilar simbiótico del latifundio, de la patronal de estancia y del poder de policía disciplinador (Pequeño Ragone, 2026b; Zaffaroni, 2011), encuentra sus fisuras en dos prácticas. La primera es una mirada homoerótica y translocal que desterritorializa la festividad patronal (Perlongher, 1993; Pequeño Ragone, 2026a). La segunda es la articulación de redes comunitarias e itinerarios de cuidado popular que resisten tanto la pedagogía de la mortificación como la violencia institucional. A esas fisuras se suma una tercera fuente de resistencia simbólica: la contramemoria hídrica, ficcional y mítica que la cultura local preserva frente al despojo.

El ensayo se organiza en doce apartados. Los dos primeros, tras esta introducción, precisan el encuadre teórico y metodológico. El cuarto reconstruye la genealogía territorial. Del quinto al noveno se analiza el registro etnográfico, y el décimo lo confronta con las narrativas de contramemoria. Siguen la discusión y las conclusiones.

Sintesis visual y auditiva del texto del ensayo

2. Encuadre teórico-conceptual

El análisis se apoya en cinco tradiciones que dialogan entre sí.

La primera es la antropología del ritual. Turner (1974) permite pensar la acción simbólica como un campo en el que se dirimen conflictos sociales, y no como reflejo pasivo de la estructura. Hobsbawm y Ranger (1983) aportan la noción de invención de la tradición, útil para comprender el desfile de fortines como dispositivo histórico que naturaliza jerarquías presentadas como ancestrales; para el contexto güemesiano, Solorza (2019) ofrece la genealogía de los fortines. Cannell (2006) sitúa el cristianismo como objeto antropológico, atento a las tensiones entre doctrina y práctica.

La segunda es la sociología de la religión argentina. Mallimaci (2015) muestra que el campo socio-religioso está atravesado por luchas de poder y proyectos políticos, y que la alianza entre élites económicas, autoridad estatal y catolicismo moldeó ciudadanías subalternas.

La tercera es la crítica del poder punitivo y de la violencia. Zaffaroni (2011) señala la selectividad del sistema penal, que recae sobre los cuerpos empobrecidos y racializados, y Segato (2003) aporta una mirada sobre las estructuras elementales de la violencia y su dimensión de género.

La cuarta es la teoría queer latinoamericana. Perlongher (1993) formula una territorialidad del deseo y Wayar (2018) ofrece una teoría travesti situada; ambos habilitan leer la sociabilidad disidente como reterritorialización del espacio público y no como mera excepción.

La quinta es la ecología política y las cosmologías biocéntricas. Harvey (2004) conceptualiza la acumulación por desposesión y Fairhead et al. (2012) la extienden al green grabbing, la apropiación de la naturaleza con fines de conservación y mercado. Frente a esa lógica se ubican el ecosocialismo (Löwy, 2011), la ecología integral (Francisco, 2015) y la visión de la Pachamama como sujeto de derechos (Zaffaroni, 2011).

3. Nota metodológica y registro etnográfico

El corpus empírico es un registro de campo de la festividad patronal en honor al Señor y la Virgen del Milagro en Piquete de Anta, celebrada el 15 de septiembre de 2026, compuesto por registros de audio y su sistematización en un documento de trabajo (Pequeño Ragone, 2026a). Incluye la homilía del Padre Arturo, la locución oficial del evento, el orden de la procesión, el desfile de fortines gauchos, la feria que rodea la celebración y las interacciones informales de un grupo de jóvenes varones gays/queer en los márgenes de la fiesta[1] .

Se adopta una perspectiva interpretativa en el sentido de Geertz (1973), que privilegia la descripción densa de las prácticas y de los sentidos que los actores les asignan. Las frases entrecomilladas que siguen son las consignadas en el registro; se las utiliza como datos y no como ilustraciones. Los interlocutores no son individualizados: el registro documenta interacciones informales y no entrevistas, por lo que se trabaja con la categoría de grupo. El registro se complementa con literatura regional (Dávalos, Diez Gómez, Miy, Espinosa, Patrón Costas) y con el informe sobre violencia institucional en el Distrito Judicial Sur (Pequeño Ragone, 2026b).

4. Genealogía territorial: de la frontera al latifundio y a la acumulación verde

Anta ha sufrido un proceso ininterrumpido de acumulación por desposesión (Harvey, 2004). Las crónicas históricas y ficcionales sobre los puesteros y campesinos subordinados al patrón (Dávalos, 1928a, 1928b), y la memoria del latifundio tradicional encabezado por figuras como Luis Patrón Costas (1985/2007), muestran un régimen de tierra de alta concentración. En las últimas décadas, el avance de la frontera agraria expulsó a comunidades campesinas e indígenas y alteró drásticamente el ecosistema hídrico y forestal (Diez Gómez, 2003, 2006a, 2012; Espinosa, 2006).

Ese proceso se profundiza hoy bajo el experimento del modelo ultraliberal y de las extremas derechas globales, orientado al desmantelamiento de las regulaciones estatales y la privatización de bienes comunes, a una apertura restrictiva al capital agroexportador transnacional que convierte suelos fértiles en monocultivos industriales, y al desplazamiento de familias rurales hacia las periferias de poblados como Las Lajitas, Piquete de Anta o Joaquín V. González. Ese desplazamiento las priva de sus medios tradicionales de subsistencia y reproducción comunitaria.

A la deforestación sojera se suma una acumulación verde (Fairhead et al., 2012): la reconversión de antiguas estancias o zonas forestales en áreas protegidas privadas, reservas de ecoturismo (como el paradigma histórico de la Estancia El Rey; Patrón Costas, 1985/2007) y proyectos bursátiles de compensación de emisiones. El capital internacional impone así un nuevo modo de gobierno sobre la naturaleza (Brockington, 2009; Duffy, 2010). Esta lógica fetichiza la naturaleza como espacio "prístino" y "sin humanos", y legitima el despojo de los pobladores que han habitado comunitariamente el monte.

La dominación económica del latifundio exige, a su vez, un aparato coercitivo. En el Distrito Judicial Sur de Salta, la violencia institucional opera como brazo armado del capital (Pequeño Ragone, 2026b; Zaffaroni, 2011). Lo hacen la arbitrariedad policial, la criminalización de la protesta campesina, las detenciones injustificadas y el sesgo de clase y etnia en el sistema penal rural, que garantizan la inviolabilidad de la propiedad concentrada.

5. El ritual como campo de disputa: la festividad de Piquete de Anta

La festividad del 15 de septiembre de 2026 reúne varios dispositivos en un mismo espacio: la liturgia y la homilía, la procesión de las imágenes sagradas del Señor y la Virgen del Milagro, el desfile de fortines gauchos, la locución oficial que narra y encuadra lo que sucede, y una feria donde se vende y se come. El registro muestra una marcada tensión entre la doctrina eclesiástica institucional y las prácticas multisensoriales y populares de la asamblea devota (Pequeño Ragone, 2026a).

Ese carácter de campo, en el sentido de Turner (1974), es lo que vuelve productivo el análisis. Por un lado, la Iglesia, las autoridades civiles y la locución oficial proponen un orden moral y político. Por otro, la calle y la feria lo reconfiguran mediante una multiplicidad de performatividades y comensalidades populares, que incluyen el festejo, la venta ambulante informal y la sociabilidad cotidiana. En los apartados siguientes se examinan sucesivamente el orden hegemónico y sus fisuras.

6. Pedagogía de la mortificación y orden procesional: el disciplinamiento del cuerpo rural

6.1. La homilía de la "muerte de los sentidos"

La homilía del Padre Arturo, reconocido simultáneamente como oficiante litúrgico y "cura gaucho", configura una pedagogía de la mortificación corporal y de la resignación. Mediante un análisis pormenorizado de la Pasión, el sacerdote postula la "muerte de los sentidos" de Jesucristo, con cuatro sentidos sometidos en el registro: el olfato, expuesto al hedor de los soldados; el tacto, doblegado por los latigazos y la violencia física; el oído, expuesto a los insultos y burlas de hombres "toscos y malcriados"; y el gusto, privado de dulzura y martirizado con vinagre (Pequeño Ragone, 2026a).

A partir de esa Cristología del despojo, el discurso clerical confronta lo que califica como una "cultura de la exigencia egoísta". Denosta expresiones populares como "yo merezco respeto", "yo merezco vacaciones" o "yo merezco un asado", y resignifica los reclamos por derechos laborales, bienestar corporal o descanso como síntomas de soberbia espiritual. La fe queda definida como un pacto de fidelidad y de sufrimiento silencioso (Pequeño Ragone, 2026a).

Esta teología del sacrificio es funcional a la aceptación pasiva del orden socioeconómico desigual, en consonancia con lo que la sociología de la religión describe como matrices de un catolicismo que naturaliza el orden social (Mallimaci, 2015). Exige al campesinado y a los trabajadores rurales la aceptación de privaciones estructurales que no derivan de un destino teologal sino de un modelo extractivo (Pequeño Ragone, 2026b). La lógica es explícita en el registro: quien reclama respeto, descanso o alimento es interpelado como quien incumple el pacto.

6.2. El orden procesional y la locución oficial

La articulación entre poder religioso, político y policial se escenifica en el orden procesional. Las imágenes sagradas son escoltadas en primer término por el Intendente municipal y las autoridades policiales, judiciales y educativas, ubicadas inmediatamente detrás de las imágenes y por delante del pueblo devoto, que queda relegado a los márgenes del cortejo (Pequeño Ragone, 2026a). La topografía del cortejo traduce así una jerarquía: lo sagrado, la autoridad estatal y la fuerza coercitiva preceden a la comunidad.

La locución oficial refuerza ese orden al exhortar a la asamblea a comportarse "como buenos cristianos". La práctica de la fe se vincula con la recolección individual de residuos, la limpieza urbana, el acatamiento de las normas de tránsito y el mantenimiento de la paz social (Pequeño Ragone, 2026a). Este mensaje traduce la responsabilidad ambiental en una norma de higiene y comportamiento cívico y encauza la conducta comunitaria bajo el paraguas de la moralización y la vigilancia policial, con un potencial de domesticación de la conflictividad socioambiental (Cannell, 2006; Segato, 2003).

Cabe leer aquí una moralización de la pobreza. La exhortación a no exigir comodidad ni servicios convierte en virtud cristiana la aceptación de carencias de infraestructura, como la falta de sanitarios públicos o la precariedad del transporte, que el propio registro etnográfico documenta. Al mismo tiempo, la responsabilidad ambiental se individualiza. Mientras se exige al poblador rural la gestión responsable de sus desperdicios, la reconversión de grandes extensiones de monte en monocultivo, reservas privadas o proyectos de compensación de carbono queda fuera del discurso (Fairhead et al., 2012; Pequeño Ragone, 2026a).

6.3. El poder de policía como garantía última

El orden procesional no es una coincidencia simbólica. En el Distrito Judicial Sur, la policía actúa como fuerza de choque para el saneamiento de títulos a favor de grupos agroindustriales, la persecución de familias ocupantes de tierras ancestrales y la criminalización de la juventud rural marginada (Pequeño Ragone, 2026b). La selectividad del sistema penal recae sobre los cuerpos empobrecidos y racializados y convierte la contención punitiva en garantía de la propiedad privada concentrada (Zaffaroni, 2011). Que las autoridades policiales y judiciales ocupen un lugar preeminente en la procesión inscribe esa función de garantía en el espacio mismo de lo sagrado. Queda fuera de este análisis por ahora, una etnografía de las relaciones de proximidad entre pueblo y policías, perfectamente conocido y sostenido por el Ministerio de Seguridad de la Provincia, que agrava la situación de intervención policial al aparecer el uso del uniforme policial como resolución de conflictos vecinales de proximidad.

7. Masculinidad gaucha y complementariedad patriarcal

En la literatura de Dávalos, el gaucho y el puestero de Anta se caracterizan por una amalgama de destreza física, sobriedad, resignación ante las inclemencias del monte y lealtad abnegada al propietario de la tierra (Dávalos, 1928a, 1928b, 1928c). Esa narrativa naturalizó la división del trabajo y la estratificación de clase. Sirvió como sustento ideológico para la consolidación del latifundio estanciero del siglo XX, ejemplificada en la Estancia El Rey (Patrón Costas, 1985/2007), donde la masculinidad campesina fue normativizada mediante el trabajo precario y el acatamiento de la autoridad del patrón. La alianza entre élite terrateniente, autoridad estatal y control socio-religioso moldeó una ciudadanía subalterna, en la que el deber cívico se asimilaba al respeto de las jerarquías tradicionales (Mallimaci, 2015).

El desfile de fortines gauchos es el dispositivo performativo que actualiza esa matriz: una invención de la tradición criolla (Hobsbawm & Ranger, 1983; Solorza, 2019) donde la comunidad celebra la labor del campo. El registro muestra que el espacio público se organiza mediante una distribución de roles rígidamente heteronormativa. La locución oficial ensalza a los jinetes como "futuros gauchos que no dejarán morir nuestra tierra", mientras encuadra a las "damas gauchas" en la esfera del cuidado doméstico y el acompañamiento subordinado. Afirma incluso que "los gauchos no son nadie" sin una mujer que sostenga la familia (Pequeño Ragone, 2026a).

Este discurso configura una complementariedad patriarcal: el varón encarna la soberanía pública sobre el caballo y la mujer garantiza la reproducción biológica y moral de la comunidad rural. En términos analíticos, la masculinidad gaucha ritualizada tiene cuatro dimensiones. La económica es el trabajo servil o precarizado para el patrón. La ritual es la soberanía a caballo en el desfile. La genérica es el patriarcado heteronormativo de la "dama gaucha". La política es la alianza con la policía y la jerarquía estanciera (Dávalos, 1928a; Pequeño Ragone, 2026a, 2026b).

8. La mirada queer y la desterritorialización del desfile

8.1. El derecho a la mirada homoerótica

Pese al rigor del orden patronal, litúrgico y policial, el territorio no asfixia la emergencia de subjetividades disidentes. El registro documenta a un grupo de jóvenes varones gays/queer que habitan la tensión de vivir en centros urbanos o retornar desde ellos a sus comunidades rurales de origen. Su sociabilidad informal en los márgenes de la fiesta subvierte la solemnidad patriarcal del acto mediante humor camp [2], erotización del entorno y coqueteo disimulado (Pequeño Ragone, 2026a).

Ejercen el derecho a la mirada homoerótica sobre los cuerpos de los jinetes. Las frases del registro lo evidencian: "se lo pasan mirando más", "chicos muy lindos", y la evocación de ligues pasados con "antes sí sabía pedir número". El desfile, concebido como escaparate de la virilidad hegemónica, es reapropiado como escenario de circulación deseante (Pequeño Ragone, 2026a).

Siguiendo la noción de territorialidad del deseo de Perlongher (1993) y los desarrollos de Wayar (2018), esta práctica constituye una desterritorialización del espacio gaucho, con tres efectos. Primero, la masculinidad del jinete es despojada de su aureola de autoridad patriarcal y devuelta al plano de la corporalidad expuesta y consumible. Segundo, se subvierte la jerarquía clerical. La fascinación ante el "cura gaucho coqueando" ("un cura coqueando y desfilando... está bonito") muestra que la subjetividad queer habita el ritual sin someterse al dogma. No rechaza la tradición local sino que la consume desde un barroquismo popular que celebra la hibridez del sacerdote sin validar su prédica de mortificación (Pequeño Ragone, 2026a). Tercero, se reapropian saberes tradicionales, como se ve en la atención de los jóvenes a la elaboración de la gastronomía ferial y a la incorporación de tecnologías de cobro (véase el apartado 9).

Esta lectura contrasta con el marco patriarcal: mientras la locución define a los "gauchos" por su relación con la mujer que sostiene la familia, la mirada queer los vuelve objeto de deseo y suspende su función simbólica. Es una fisura, no una ruptura total. Los jóvenes no abandonan la fiesta ni impugnan frontalmente a la Iglesia, sino que negocian su pertenencia sin renunciar a su libertad erótica.

8.2. Sujetos translocales y ética del cuidado entre pares

El registro revela también una ética del cuidado entre pares en el medio rural. Frente a las hostilidades del clima, como el sol abrasador que daña los teléfonos, y a las carencias del entorno, como la falta de baños públicos, el grupo actúa como un espacio seguro (safe space) flotante. Los jóvenes organizan la búsqueda de sanitarios, protegen los dispositivos electrónicos, conducen el vehículo esquivando los pozos del río y calculan el retorno a las 14:00 h para el almuerzo familiar (Pequeño Ragone, 2026a).

Ese conjunto de prácticas indica que no se trata de agentes externos desarraigados. Son sujetos translocales con un conocimiento técnico y afectivo de la geografía de Anta, que respetan los lazos familiares y navegan el terreno rural. La disidencia sexual, en este caso, se despliega dentro del entramado comunitario y no fuera de él. Ello desmiente la asociación frecuente entre disidencia y desarraigo, o entre ruralidad y homogeneidad de género, que el discurso oficial de la fiesta presupone.

9. Comensalidad, economía ferial y ecología del cuidado habitado

9.1. La feria como territorio habitado

La feria que rodea la procesión y el desfile es un espacio de dinamismo económico y sociabilidad popular. Los vendedores ambulantes ofrecen helados, ensaladas de fruta y golosinas artesanales, como las manzanas acarameladas. El registro consigna sus técnicas de elaboración: el escaldado del fruto en agua hirviendo, la selección de la fruta sana, el uso de azúcar rubia y de colorante. Esos saberes son compartidos y valorados por los propios asistentes (Pequeño Ragone, 2026a). Los puestos incorporan además transferencias bancarias, cobros mediante Mercado Pago y Posnet, con conectividad digital, en plena calle (Pequeño Ragone, 2026a).

Lejos de la imagen de un campesinado arcaico o aislado, la feria muestra una alta capacidad de adaptación tecnológica. Y frente a la narrativa de la economía verde corporativa, que fetichiza la naturaleza como espacio "prístino" y deshabitado (Fairhead et al., 2012), la comensalidad, el comercio ambulante y el disfrute colectivo afirman el derecho al goce del territorio y al sustento económico autónomo. El monte y el pueblo se muestran como espacios vivos de reproducción social y no como reservas contemplativas para el mercado financiero.

9.2. Una ecología popular encarnada

Frente a una gubernamentalidad ambiental impulsada "desde arriba" por organismos externos o mercados de carbono, la población local despliega una ecología popular encarnada, basada en el conocimiento práctico del terreno y en redes de cuidado mutuo. Los asistentes navegan constantemente las condiciones materiales y climáticas del entorno. Protegen los dispositivos de la radiación solar, buscan sanitarios en un entorno de infraestructura escasa y gestionan la circulación vehicular teniendo en cuenta el cauce del río, sus pozos y grietas, y el paso de los caballos (Pequeño Ragone, 2026a).

Ese saber geográfico y afectivo, que contempla la física de la zona, las crecidas del río y la protección recíproca ante el sol, constituye un modo de habitar la tierra que contrasta con la conservación mercantilizada. Las economías verdes reducen la naturaleza a toneladas de carbono capturado o a postales turísticas (Brockington, 2009; Duffy, 2010). Las comunidades locales, en cambio, cuidan el territorio porque es la trama donde transcurren sus lazos familiares, su memoria religiosa y su trabajo diario.

10. Contramemoria hídrica, ficción y mitología

Frente a la alianza entre latifundio agroindustrial, gubernamentalidad verde y disciplinamiento punitivo-religioso, la cultura local preserva trincheras de resistencia simbólica.

10.1. Del río vivo a los madrejones

Los cursos hídricos de Anta de la cuenca noreste, entre ellos el Río del Valle, el Río Dorado, el Pasaje o Juramento y el Río Seco, fueron los ejes sobre los cuales se articularon los asentamientos indígenas (mataguayos, mocovíes, abipones), las misiones jesuíticas y franciscanas, las reducciones y los antiguos fuertes de la frontera colonial (Diez Gómez, 2006a, 2012; Espinosa, 2006). Hay que mencionar además los ríos Castellanos y Guanaco de la cuenca este.  Diez Gómez (2006a, 2012) reconstruye la transición desde un cauce navegable y proveedor de vida, sostén de moliendas e ingenios como Palermo, hacia su deterioro hidro-ecológico. La tala de quebrachales en los obrajes a mediados del siglo XX y la desviación de corrientes para el riego intensivo de la "sociedad cerealera" sojera fragmentaron el paisaje y convirtieron lechos caudalosos en cauces secos y madrejones aislados (Diez Gómez, 2003, 2012).

Frente a esa mutilación, la poesía de Madrejones de olvido (Diez Gómez, 2003) actúa como una elegía crítica que devuelve voz a hacheros, zorreros y carreros de los obrajes de Las Lajitas y Orán ("Las Bateas", "El Carmen"), y nombra la herida del territorio frente al golpe de las sierras y los aserraderos que "desbajera el monte". Al nombrar los madrejones, la memoria poética custodia el recuerdo de la abundancia hídrica perdida y denuncia la desposesión de las poblaciones rurales empobrecidas.

10.2. El habitar puestero en la ficción de Dávalos

La producción de Dávalos (1928a, 1928b, 1928c) caracteriza la subjetividad rural anteña previa al arrasamiento agroindustrial masivo. Sus puesteros y gauchos, como Cruz Guíez o Martín Madrid en la Estancia El Rey (Patrón Costas, 1985/2007), son expertos conocedores del monte, poseedores de un saber técnico, lingüístico y afectivo sobre el territorio. Se retratan la lectura del rastro, la doma paciente, el enfrentamiento con tigres o yaguaretés y con las crecientes de las quebradas, y la vida en puestos dispersos como Santa Elena, La Sala, Los Naranjos o Zoco Hondo.

Esta caracterización presenta una tensión con lo dicho en el apartado 7. La misma literatura que alimentó el ideal de gaucho leal y resignado también conserva el retrato de una autonomía campesina y de un saber biocéntrico que el discurso estanciero reducía a insumo productivo. Los registros históricos de Espinosa (2006) muestran, además, que los campesinos y los habitantes fronterizos se adaptaron y resistieron. Al rescatar la oralidad, los ruralismos, el léxico de raíces quechuas y las prácticas de solidaridad en el puesto, la ficción davaliana preserva una memoria del habitar rural que es contrapunto a la desertificación biológica y cultural provocada por la maquinaria moderna.

10.3. El mito como teoría popular de la justicia

El corpus mitológico recopilado por Diez Gómez (2006b) y Miy (2000) opera como código de regulación moral y resistencia cosmogónica frente a los excesos del poder y el despojo. Incluye el Almamula o Mulánima, que sanciona las uniones prohibidas y la ruptura de lazos comunitarios; la Umita, cabeza sintiente que ofrece consuelo a los caminantes perdidos a orillas del Río Dorado y del Río del Valle; el Ucumar y el Basilisco, seres híbridos de las Sierras del Maíz Gordo y del Parque Nacional El Rey que encarnan una naturaleza no subordinada al dominio humano; y la leyenda moderna del camión o tractor que nunca llega, bramido fantasmal de maquinaria pesada que jamás arriba a destino y simboliza el espejismo y la amenaza del desarrollo técnico.

Adquieren especial relevancia las leyendas de Esteco y de El Piquete, que relatan la ruina de ciudades prósperas castigadas por la soberbia de sus élites, el maltrato a los pobres y la profanación de los bienes comunitarios, como pisar el pan sobre el barro o la muerte violenta del caudillo Jesús María Matorras en El Piquete (Diez Gómez, 2006b). Mitos como El Familiar, asociado a los dueños de ingenios o grandes propiedades que pactaban con el Diablo entregando la vida de sus peones a cambio de riqueza, expresan la interpretación campesina del carácter demoníaco de la acumulación a costa del sufrimiento popular. Los mitos son así teorías populares sobre la justicia, el límite ético del extractivismo y la sacralidad de la tierra.

10.4. Cosmologías biocéntricas y resignificación de la devoción

Esta contramemoria entronca con matrices teórico-políticas más amplias: el ecosocialismo (Löwy, 2011), la ecología integral del Papa Francisco (Francisco, 2015) y la visión de la Pachamama como sujeto de derechos (Zaffaroni, 2011). Todas denuncian que la mercantilización de la naturaleza, sea como agronegocio o como bonos de carbono, prolonga el despojo colonial, y sostienen que la naturaleza no es un activo financiero ni un parque contemplativo para las élites, sino la casa común cuyo saqueo destruye a las comunidades más vulnerables. Los textos de Miy (2000) sobre fe, naturaleza y tradición en el valle de Anta rescatan una religiosidad ligada a la tierra que se distancia de la mortificación clerical.

Desde esta perspectiva, la devoción popular al Señor y la Virgen del Milagro, cuando es despojada de su envoltura elitista y puesta en manos del pueblo peregrino, recupera un potencial emancipador. Puede leerse, entonces, como un clamor por la justicia territorial y la dignidad de los cuerpos y no como aceptación de la resignación (Francisco, 2015; Mallimaci, 2015).

11. Discusión

El análisis hasta aquí desarrollado permite formular cuatro observaciones.

Primero, el ritual es simultáneamente instrumento de reproducción y espacio de disputa. La homilía de la mortificación, el orden procesional y la locución de los "buenos cristianos" constituyen un dispositivo coherente de disciplinamiento moral, político y policial (Mallimaci, 2015; Pequeño Ragone, 2026a, 2026b). Pero el mismo espacio es habitado por prácticas que no responden a ese guion: la feria, la comensalidad, la mirada homoerótica y el cuidado entre pares. Esto confirma que los rituales son campos y no estructuras cerradas (Turner, 1974).

Segundo, la articulación entre género, clase y territorio es constitutiva. La masculinidad gaucha no es un rasgo cultural autónomo sino una pieza de la economía política del latifundio (Dávalos, 1928a; Patrón Costas, 1985/2007). Por eso su desterritorialización queer no es solo una cuestión de deseo: al desnaturalizar la figura del jinete como soberano, afecta una de las imágenes que legitiman el orden agrario.

Tercero, la moralización del cuidado ambiental y la violencia institucional forman parte de un mismo régimen. La exhortación a la limpieza y al orden vial convive con una política de tierras en la que la policía garantiza la propiedad concentrada (Pequeño Ragone, 2026b; Zaffaroni, 2011). Y la responsabilidad ambiental individualizada contrasta con la acumulación verde corporativa (Fairhead et al., 2012).

Cuarto, la resistencia adopta formas no espectaculares. No aparece en el registro como protesta abierta, sino como saber práctico (escaldar la manzana, esquivar los pozos del río, proteger los teléfonos del sol), como cuidado mutuo y como humor camp. A escala regional, aparece como memoria poética y mítica. Esa micropolítica cotidiana es la que conecta la fiesta con las narrativas de contramemoria (Diez Gómez, 2003, 2006b; Perlongher, 1993).

Como límite, el registro se basa en una sola festividad y en interacciones informales de un grupo reducido. Sus conclusiones son interpretativas y no generalizables al conjunto de la ruralidad anteña, y deberían ponerse a prueba con otras ediciones de la fiesta y con voces de otros sectores de la comunidad.

12. Conclusiones

Anta no es únicamente un suelo de alta rentabilidad para la agroexportación y la especulación financiera verde, sino un laboratorio [3] socioterritorial y cultural en disputa. La masculinidad gaucha, construida como brazo viril del latifundio y del orden patriarcal-estanciero, coexiste con coerciones policiales y con teologías de la resignación que buscan neutralizar la capacidad transformadora del campesinado (Pequeño Ragone, 2026a, 2026b; Zaffaroni, 2011).

El registro etnográfico de Piquete de Anta muestra, sin embargo, fisuras de ese proyecto hegemónico. La mirada queer y translocal de los jóvenes disidentes desarticula la gravedad de la masculinidad gaucha y convierte la calle procesional en espacio de deseo, cuidado mutuo y desterritorialización erótica (Perlongher, 1993; Wayar, 2018). La feria y su comensalidad afirman un territorio habitado frente a la fantasía del ecoturismo prístino. La contramemoria hídrica, ficcional y mítica (Diez Gómez, 2003, 2006a, 2006b; Dávalos, 1928a) y las cosmologías biocéntricas (Francisco, 2015; Löwy, 2011; Zaffaroni, 2011) ofrecen los recursos simbólicos para reimaginar la dignidad, la justicia y la libertad en el territorio.

La religiosidad popular, en suma, no se somete pasivamente al mandato de mortificación ni a las exigencias del mercado verde. Negocia lo sagrado desde la autonomía corporal, afectiva y territorial y sostiene la certeza de que la tierra es un espacio habitado que no se puede alienar.


 

Referencias

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28.  Zaffaroni, E. R. (2011). La Pachamama y el humano. Ediciones Madres de Plaza de Mayo; Colihue.



[1] Una presentación del texto etnográfico puede revisarse en línea: https://fincalospozos.blogspot.com/2026/09/una-fiesta-con-muchas-voces-milagro-en.html ´.El 15 de septiembre de 2026, Piquete de Anta celebró al Señor y a la Virgen del Milagro con una misa, una procesión y un desfile de gauchos a caballo. Estuve ahí, y escuché un sacerdote que habla de renunciar a lo que creemos merecer, una locutora que convierte el desfile en ofrenda, una feria que cobra por transferencia y un grupo de jóvenes gays que miran, ríen, aprenden una receta y cuidan del regreso a casa. Entre el rito solemne del templo y la fiesta que se despliega afuera, descubrí que lo popular no se opone a la fe, sino que la traduce a su propio idioma. Y que, cuando la tradición es de todos, también sabe resistir con humor, deseo y memoria. (Fernando Pequeño Ragone, 15 set 2026).

[2] El término "camp" (teorizado en los estudios culturales y adaptado a la teoría queer latinoamericana por autores como Néstor Perlongher y Marlene Wayar) designa una sensibilidad, estética y modo de humor basado en la ironía, la teatralidad, la exageración afectuosa, la apreciación del artificio y la parodia de formas culturales solemnes o tradicionales. En la cultura queer, el humor camp funciona como una estrategia histórica para habitar espacios conservadores o patriarcales sin dejarse oprimir por ellos, transformando la rigidez del orden dominante en juego, estética y deseo.

[3] Aquí “laboratorio” refiere al espacio donde se están "experimentando" y poniendo a prueba, de manera simultánea y en tensión, varias dinámicas sociales enunciadas en el cuerpo del texto.

 

sábado, 26 de septiembre de 2026

Entre la Grieta del Archivo, la Tensión del Padre y la Ingeniería Jurídica de la Subalternidad

 

Parlamento del Monte: La Recomposición de un Mundo Común

Entre la Grieta del Archivo, la Tensión del Padre y la Ingeniería Jurídica de la Subalternidad


Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por Gemini Notebook, Gemini Pro y Claude IA
A cerca de mi escritura asistida con IA.

Vasos comunicantes: auto-presentación metodológica y epistemológica.

Resumen

El presente ensayo explora la reconfiguración del "monte" —específicamente en el contexto del Gran Chaco salteño— no como un escenario de naturaleza inmaculada o un insumo para el neoextractivismo, sino como un socio-ecosistema sociohistóricamente producido. A través de un diálogo interdisciplinario entre la antropología de la conservación, la ecología política latinoamericana, el psicoanálisis y la teoría de la subalternidad de Gayatri Spivak, se examinan las contradicciones de la transición desde la dominación hacendaria semifeudal hacia formas asociativas y de gobernanza común. Tomando como eje tensionador la figura psicoanalítica del intento de borrar al padre y el pasaje discursivo-material de "la peonada" a los "vecinos", se demuestra que la superación del patrón tradicional exige transcender el eufemismo discursivo para vertebrar materialmente las relaciones de producción mediante instrumentos del derecho socio productivo. Se analiza la paradoja de la subalternidad cuando la disolución de la gramática del mando abisma a los pobladores rurales a una situación de incertidumbre estructural. Finalmente, se postulan los desafíos para una conservación que no congele la vida rural ni convierta el monte en mercancía, sino que edifique una tierra habitable basada en la articulación entre subjetividades críticas, la ética del cuidado y la justicia socioambiental.


Síntesis auditiva del texto


Los perdedores del monte: la agonía del ternero y las grietas del mando haciendario

En el paisaje seco de Los Pozos, la cámara fija su atención en la cotidianidad del corral: varas de madera, postes de quebracho, tierra removida y terneros amontonados comiendo de comederos plásticos. Entre las pezuñas que levantan polvo y los balidos rutinarios, el perro Malko merodea las instalaciones. Sin embargo, el centro del registro visual se desplaza bruscamente hacia la agonía de un ternero castaño sobre la tierra húmeda y el barro. El animal, marcado en la oreja con una caravana plástica de trazabilidad, realiza movimientos inútiles con sus patas, incapaz de erguirse, manteniendo la mirada fija en los últimos instantes de su vida. Un ternero se aproxima brevemente a olfatearlo y lamerlo, registrando una forma de proximidad no humana frente a la partida, mientras Malko camina a su lado antes de que la inmovilidad sea absoluta. De fondo, la dinámica del feedlot o corral productivo continúa impertérrita: el ganado sigue marchando y comiendo mientras sobre la pantalla aparece la leyenda: «Entre la vida del monte con sus habitantes humanos y no humanos; y el dolor y la muerte extractivista de sus dominados y perdedores».

Esta secuencia de dos minutos trasciende la mera crónica zootécnica para convertirse en un espejo de la violencia estructural que habita en la finca. La caravana plástica en la oreja del ternero es la señal indiscutible de su condición de mercancía, un número de inventario dentro de la matriz de explotación. La agonía del animal sintetiza materialmente el costo invisible de la «muerte extractivista», esa lógica donde la vida vale en función de su rendimiento dentro del mercado.

Asimismo, la perspectiva con la que se filma no responde a la mirada del patrón que evalúa fríamente una pérdida de capital, ni a la del capataz que busca despejar rápidamente el área. Es una cámara que se demora, que contempla la vulnerabilidad y reconoce a los «habitantes no humanos» del monte —como Malko y los terneros— dentro de un entramado de afecciones y padecimientos compartidos. Esta sensibilidad se vincula directamente con la posición de enunciación del autor en su texto: un lugar descentrado, marginal a la masculinidad hacendaria tradicional, desde el cual es posible interrogar las asimetrías de poder sin la ceguera naturalizada del heredero.

El corral cerrado representa la gramática del mando, esa sintaxis opresiva pero previsible que atraviesa tanto al cuerpo del animal como a las relaciones de clase entre el propietario y la peonada. Mientras los borradores contractuales de asociación y colaboración rural intentan desmontar el absolutismo del patrón en el papel, el video expone la persistencia de la estructura material: la inercia de la producción, el barro, el encierro y el cuerpo inmóvil. La escena expone, en definitiva, la tensión inacabada entre la aspiración emancipadora y el peso irreductible de una herencia que sigue cobrándose sus perdedores en el territorio.

I. Introducción: El Monte como Socio-ecosistema Complejo y la Superación del Dualismo Moderno

La crisis socioecológica contemporánea, encuadrada bajo los diagnósticos del Antropoceno o el Capitaloceno, expone las hendiduras del naturalismo moderno que escindió ontológicamente a la naturaleza de la cultura. Frente al dogma de la "wilderness" o de la "naturaleza intocada" —constructo ideológico utilizado históricamente para justificar tanto el acaparamiento verde como la desposesión de poblaciones locales—, el monte sudamericano emerge como un palimpsesto antropogénico. No existe una "isla" de conservación pura ni una "materia prima" neutra para la valoración del agronegocio; el monte es una red de interacciones socionaturales tejida por la historia humana y no-humana, por la ganadería extensiva, la extracción forestal, los saberes locales y los seres que lo habitan.

Desde la ecología política y la antropología ambiental crítica (Escobar, 2014; Latour, 2017; Svampa, 2019), el monte constituye una "ecología-mundo" donde las relaciones de producción son indisociables de las relaciones con el entorno biótico y abiótico. Como bien se metaforiza, el monte es un tejido vivo o una tapicería: recortar un fragmento para aislarlo bajo la categoría de "área protegida estricta" sin considerar las manos que lo han modelado conduce irremisiblemente a deshilachar las historias familiares y comunitarias que sostienen su trama.

En esta trama colisionan múltiples ontologías. Frente al naturalismo hegemónico que reduce los ríos, la flora y la fauna a "servicios ecosistémicos" o bienes de cambio dentro de la matriz de acumulación capitalista, las ontologías relacionales y locales reconocen en los no-humanos a agentes dotados de potencialidad ontológica, articulando un naturing o una práctica cotidiana de la existencia que demanda representación en un "Parlamento de las Cosas" (Latour, 2017). Sin embargo, la reconfiguración de la conservación hacia un modelo participativo e intercultural tropieza con las inercias históricas de la estructura hacendaria y con las trampas de la nominación voluntarista.

II. La Tension del Archivo y la Figura Psicoanalítica de "Borrar al Padre"

Para el caso de Fina Los Pozos, inserta y caso testigo de la territorialidad en el Gran Chaco salteño, el análisis se encuentra marcado por una tensión ontológica y afectiva entre dos archivos contrapuestos: el archivo patrilineal terrateniente (asociado al poder hacendario, a la productividad ganadera extractivista y a la desindividualización laboral) y el archivo matrilineal y militante (asociado al martirologio popular, a la memoria de la resistencia y a la figura del exgobernador Miguel Ragone).

En el centro de esta disputa emerge un síntoma de clase: el dilema por el modo de nombrar a las personas que habitan y trabajan el suelo. La categoría histórica de "la peonada" funciona dentro del hábitus hacendario como un sustantivo colectivo que subsume los cuerpos en la servidumbre y los condena al fondo de los antiguos daguerrotipos capturados por la familia a principios del siglo XX, con sus miradas agachadas. La reacción frente a este término no es un mero adorno ético, sino el retorno de un afecto reprimido que señala una falla en la identificación con la clase heredada.

Desde una perspectiva psicoanalítica (Freud, 1991; Lacan), el impulso por rebautizar a los trabajadores como "vecinos" encarna la fantasía del "intento de borrar al padre". Constituye el deseo narcisista de cancelar notarialmente el apellido del patrón y retener únicamente la causa del abuelo emancipador; es decir, la pretensión de ejecutar un parricidio simbólico desde el escritorio para desembarazarse de la culpa del despojo y conservar el suelo sin la carga del amo que lo fundó.

Sin embargo, el padre inconsciente no se evapora con un decreto del lenguaje. El intento de instaurar una horizontalidad imaginaria mediante la palabra "vecinos" desencadena un doble cortocircuito:

·         En el frente interno (la clase propia): La estructura burguesa interpreta la renuncia a la nominación jerárquica como una abdicación de la propiedad, un "delirio militante" o una debilidad castrada que pone en riesgo la renta.

·         En el frente subalterno (los pobladores): Quienes han sido moldeados durante generaciones en la lógica patrón-peón reaccionan con desconcierto y desconfianza. La disolución de la jerarquía tradicional no se vive inmediatamente como emancipación, sino como la pérdida de una gramática predecible.

III. Positivación de la Falla: Identidad Marginal, Ética del Cuidado y Descentramiento

Lejos de representar un fracaso invalidador, la falla en la identificación con la clase heredada se positiviza cuando se articula con la trayectoria subjetiva de la marginalidad. La coincidencia entre la ética del abuelo Miguel Ragone —quien ejerció la función pública no para reproducir los privilegios de su origen, sino desde una perspectiva de justicia social e interdependencia— y la vivencia de una identidad gay, marginal y crítica, conforma un lugar estratégico de enunciación.


El descentramiento de la masculinidad hacendaria tradicional —aquella construida sobre el mando, la dominación del territorio y la opresión de la alteridad— permite al sujeto desarrollar una agudeza analítica que el heredero convencional no posee. Mientras que la posición del tercer heredero (Rodrigo es el tercer hijo y el segundo hijo varón) queda atrapada en la necesidad de reproducir la rentabilidad y la autoridad patrilineal, el sujeto disidente, expulsado de la mesa del mandato patriarcal, adquiere la facultad de mirar la estructura sin las anteojeras del patrón.

La ética de Miguel Ragone deja de ser una reliquia de la memoria para convertirse en un método ontológico y sociopolítico. Este método enlaza la lucha por los derechos humanos con la ética del cuidado socioambiental. Muestra que la misma matriz extractivista que destruye la biodiversidad del monte es la que despoja y margina a las subjetividades disidentes o subalternas.

IV. La Transformación Material de la Producción: La Ingeniería Jurídica Frente a la Ingenuidad

Reconocer la insuficiencia del eufemismo discursivo implica asumir que la justicia socioambiental requiere transformar de manera sustantiva la base material de las relaciones de producción. No existe ingenuidad en el esfuerzo por vertebrar jurídicamente la estancia o la finca; se trata de sustituir el capricho del señor feudal por reglas institucionales objetivas y duraderas.

Esta reestructuración se materializa mediante el desarrollo y aplicación de dos figuras contractuales tipo:

·         Convenio de Capital y Trabajo: Un instrumento que asume sin falsas simetrías la posición de las partes. Quien posee el título aporta la tierra y el capital; el poblador local aporta el trabajo, la presencia física y el conocimiento acumulado del monte. Al descartar el eufemismo de la "igualdad natural", este contrato establece una base honesta de reciprocidad bilateral y distribución transparente del excedente.

·         Convenio Asociativo de Colaboración Productiva, Diversificación y Arraigo Rural (con Cláusula de Grupo Asociativo con Facultad de Sustitución Regulada): Este dispositivo busca despersonalizar la relación de poder. La figura de la Sustitución Regulada permite que el colectivo de trabajadores y vecinos (los pobladores del territorio) autogestionen la continuidad de la producción, la rotación y la toma de decisiones sin depender de la presencia, el estado de ánimo o la continuidad biológica del propietario. El derecho normado sustituye al paternalismo ilustrado.

V. Spivak y las Dificultades de la Subalternidad: La Ruptura del Marco de Negociación Tradicional

Para comprender las resistencias o el desconcierto de los propios trabajadores rurales ante estas propuestas asociativas, resulta indispensable recurrir a la teoría de la subalternidad formulada por Gayatri Chakravorty Spivak (2011) en ¿Puede hablar el subalterno?.

Spivak advierte sobre la trampa de los intelectuales o propietarios benevolentes que proyectan una capacidad de habla o de emancipación inmediata sobre los sujetos subalternos sin considerar la violencia epistémica que los ha constituido. El subalterno no es un sujeto neutro esperando ser "liberado"; es una subjetividad trazada por la dominación histórica cuya voz ha sido codificada exclusivamente dentro de los parámetros fijados por el discurso hegemónico (Scott, 2003; Williams, 2009).

En la hacienda tradicional, el vínculo patrón-peón, pese a ser profundamente opresivo, poseía la virtud de ser legible. El peón conocía los límites de la obediencia, los canales del reclamo paternalista y la extensión de sus obligaciones. El patrón encarnaba la autoridad que, a cambio de la sumisión, absorbía la incertidumbre del mercado, de las sequías y del futuro.

Cuando el propietario decide romper de forma unilateral este esquema e introduce un contrato asociativo con cláusulas de diversificación, riesgo compartido y sustitución regulada, desdibuja el marco de la negociación tradicional. Para la población subalterna, esta invitación a la paridad o a la corresponsabilidad no se traduce automáticamente como libertad; frecuentemente se experimenta como abandono de la responsabilidad patronal o como una trampa indescifrable. Pedirle a quien ha vivido en la indigencia estructural que comparta la incertidumbre productiva es exigirle una apuesta económica y existencial que sus condiciones de supervivencia no le permiten asumir.

Por consiguiente, la "incapacidad de hablar" del subalterno en este contexto no responde a una falta de inteligencia o de interés, sino al hecho de que se le está exigiendo expresarse en un código institucional para el cual la historia colonial y hacendaria no le otorgó herramientas. La superación de este abismo no se logra imponiendo la emancipación desde arriba, sino mediante un proceso pedagógico prolongado que demuestre en la práctica que las nuevas reglas no ocultan formas refinadas de desposesión.

VI. Desafíos Futuros: Inclusión, Sustentabilidad y la Construcción de una Tierra Habitable

El horizonte de conservación para el monte no puede basarse en la petrificación del paisaje ni en el retorno a una servidumbre encubierta. Frente al avance de las fronteras del agronegocio, la edificación de una "finca habitable" representa una propuesta de conservación socioecológica en la que el cuidado del entorno y la dignidad del trabajo se entrelazan.

Los principales desafíos que se presentan para consolidar esta alternativa comprenden:

·         Institucionalización de la Equidad Material: Consolidar el Convenio de Capital y Trabajo y el Convenio Asociativo con Cláusula de Sustitución Regulada no como actos excepcionales, sino como modelos replicables de desarrollo rural que redistribuyan el excedente y reconozcan el valor intrínseco del trabajo campesino.

·         Gobernanza Intercultural del Monte: Pasar de la participación burocrática a la toma de decisiones comunitarias donde los pobladores locales actúen como socios legítimos y guardianes del socio-ecosistema, integrando la producción ganadera regenerativa, la recolección sustentable y el turismo de naturaleza.

·         Superación del Dualismo Conservación/Desarrollo: Rechazar el modelo mercantilizador de las políticas neoliberales para dar lugar a una "conservación convivencial" que entienda al monte como un tejido sociobiológico donde los humanos y los no-humanos coevolucionan.

·         Construcción de un Territorio Habitable: Permitir que el autor y los pobladores del monte puedan habitar el territorio sin la necesidad de actuar el rol del patrón opresor ni el del iluso desposeído, transformando el privilegio heredado en un instrumento público de reparación histórica y ambiental.

VII. Conclusión

El camino hacia un "Parlamento del Monte" demuestra que no es posible conservar la naturaleza deshilachando las historias humanas que la constituyen. La pretensión de "borrar al padre" mediante el mero ajuste del lenguaje ("vecinos" por "peonada") revela sus límites cuando tropieza con la persistencia de las relaciones materiales de producción y con la matriz de inteligibilidad de los propios subalternos.

Es únicamente mediante la articulación entre una subjetividad descentrada —alimentada por la disidencia y por la ética transformadora de Miguel Ragone— y una rigurosa ingeniería jurídica socioproductiva, como la propiedad puede dejar de ser una herramienta de dominación feudal para convertirse en un dispositivo de justicia espacial y ambiental. La verdadera conservación del monte consiste en aprender a seguir los hilos de todos sus habitantes, garantizando que la trama del territorio continúe tejiéndose en términos de dignidad, sustentabilidad y reciprocidad viva.

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